viernes, 6 de junio de 2008

Amor-Deseo



Una voz me susurraba: “Abrázale”. Aunque seguía durmiendo, gimió, abrió los brazos con los ojos cerrados y, sin saber lo que hacía, me atrajo hacia él, haciéndome caer, y me abrazó con todas sus fuerzas. Un mohín deformaba sus labios. Estaba encima de él, pero su respiración, su calor y su aliento eran míos. El misterio de un cuerpo que tienes entre tus brazos me pareció sencillo y terrible a la vez: ¿a quién pertenece? El sueño que lo aleja de la tierra se lo lleva a parajes desconocidos, su soledad es un pequeño destello de la muerte.
(...)
Se movía sin cesar, frotando la cadera contra la palma de mi mano, que no dejaba de disfrutar de la suavidad de aquella piel que se resistía a la mía y que al mismo tiempo deseaba ser poseída o, mejor dicho, que deseaba ser mordida, o incluso más: deseaba recibir el golpe que rompería con su dominio la orgullosa belleza de un cuerpo que albergaba todas las formas del deseo, del tacto y de la vista. Y la posesión última, la idea de entrar en un cuerpo, no significaba sino la impotencia por no ser el otro. No quería tan sólo penetrar en él, sino devorarlo en su totalidad; apoderarme de él, estar en su piel, no cambiaba nada cuando reanudábamos la infinitud de nuestras caricias.

Eric Jourdan, “Los ángeles caídos” (1955)



Jourdan ha funcionado como un espejo que ha iluminado deseos ocultos, pasiones desenfocadas, sentimientos no dormidos pero sí desapercibidos como consecuencia de la cotidianeidad que lo tiñe todo de una capa de polvo, desenfoca el cuadro y nos hace perder la perspectiva. Como un arma, disparó sobre mí y las palabras fluyeron.

El amor está ahí al fondo de todo lo demás. Está en la muerte del sueño y en el renacer de los buenos días. Le da sentido a todo y es el sentido. Desencadena tormentas y dibuja arco iris, me roza con su terciopelo y sus espinas. Es.
El tiempo es un caballo que cabalga y amenaza con tornar todo en gris y sepia. Contigo soy más veloz, a veces me detengo, pero siempre un resorte profundo que no llego a comprender me reactiva, me renueva, ilumina ángulos en penumbra y tras ese instante detenido, recupero el pulso de la vida y adelanto al equino corriendo, veloz, hacia el futuro.

Fotografía: Herbert List

2 comentarios:

A las sábado, junio 07, 2008 6:37:00 p. m. , Blogger David ha dicho...

Cuando consiga ser un niño, quiero parecerme a ti.

 
A las sábado, junio 07, 2008 7:18:00 p. m. , Blogger Argax ha dicho...

Leerte me da fuerzas para correr un poco más. Yo también quiero adelantar a ese caballo.

 

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