viernes, 13 de octubre de 2006

Tractatus (y III)


Hoy he vuelto a encontrar a mi vecina de asiento. Mismo vagón, supongo que misma hora... la casualidad no deja de sorprender. Justo había un asiento vacío a su lado. Repite una y otra vez Carmen Martín Gaite que “la sorpresa es una liebre que se encuentra uno en medio del campo”, o algo así...

Tras despedirme de mi vecina de vagón ayer me arrepentí de no haberle pedido su dirección de e-mail para enviarle el resto del poema que quedó sin leer. Hoy me he atrevido a sugerírselo, aunque ella ha rehusado, quizás abrumada por mi ofrecimiento, proveniente a fin de cuentas de un desconocido, aunque abiertamente agradecida. Aun así, me ha regalado algunas reflexiones acerca del texto que por supuesto aún recordaba. A pesar de mi permanente pudor, he conseguido contestar a sus comentarios y hacerle llegar algunos míos. Ambos nos habíamos sorprendido de la procedencia del poema, por parte de un escritor del que teníamos una impresión más bien centrada en la estética y en la imagen que proyecta. Sin embargo, algo parecía habernos llegado a ambos. El fondo y la forma de aquellas palabras había alcanzado vivencias que cada uno en su momento vital estaba experimentando. Ella comentó cómo había escuchado hablar acerca del último libro del autor en el que se remite a su infancia y la relación de hostilidad que los niños de su entorno mantuvieron con él. Interpretamos su imagen de “dandi” como el mecanismo que, llevando al extremo su diferencia, le había permitido sobrevivir en este contexto. Nos seguimos sonriendo y nos despedimos “hasta otro día”.

De repente sentí un fuerte deseo de volver a encontrarla y de prolongar aquella conversación. De nuevo me había apegado a ese momento, a esa persona, a esas sensaciones, a la intensidad del momento fugaz... Sentí deseos de retenerlo primero en la memoria, luego en la escritura.... Sentí deseos de compartir la experiencia. De abrir una puerta. De permitir que empezara a aflorar algo ahí dentro.

Luego continué madurando las palabras de Villena. Y sigo en ello. Intentando aprehender lo intangible. Intentando comprender lo que siglos de cultura no han conseguido explicar. Procurando acercarme al misterio desde una nueva perspectiva, más serena, más perspicaz, menos ingenua, más compleja. Aprendiendo a contemplar las oscilaciones del otro ser como parte de su movimiento natural. Aprendiendo a evitar la confrontación y quemar en la contienda, en mitad de un arrebato, el tesoro construido día a día. Aprendiendo a vivir en la continua apetencia, en la ausencia, en la sorpresa.

(Nota: El poema del que hablo es Tractatus de amore, de Luis Antonio de Villena)

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