miércoles, 11 de octubre de 2006

Tractatus I

Así empezaba el título del poema que estaba leyendo ayer en el metro. Una reflexión acerca del amor escrita por un autor culto y esteta del que no esperaba que me sorprendiera de este modo a estas alturas. Palabras que venían como dardos a clavarse sobre los interrogantes que la vida me ha ido formulando durante los últimos meses, cuando viene a cumplirse mi primer año de convivencia en pareja. Opción tremendamente consciente que ha ido acompañada de cambio de ciudad de residencia y de trabajo, la vida de pareja me devolvía al mundo de lo incógnito y convertía a todo un doctor en psicología en un aprendiz de brujo desnudo e inexperto.

Leía el poema en el segundo vagón de la línea marrón en dirección a Parque de Santa María a eso de las 5 y media. Por fin había conseguido imprimirlo para leerlo durante el trayecto a casa, porque el texto exigía una concentración que mi entorno de trabajo no permitía. Cuando empezaba a introducirme en la segunda estrofa, noté una mirada sobre mi hombro, procedente de la persona sentada en el asiento situado a mi derecha. En el metro es habitual que los pasajeros se lean los periódicos unos a otros de forma anónima... Yo lo he hecho muchas veces, aunque suele resultar bastante incómodo que el vecino pase las páginas del diario demasiado rápido y no te permita terminar la noticia por la que te habías interesado. El propietario del diario la mayoría de veces suele ser consciente de que está compartiendo lectura, pero normalmente actúa como si él fuera el único lector, ignorando las miradas furtivas. Sin embargo ayer yo, que me sabía leído, experimentaba cierta incomodidad al saberme también desnudado en mis intereses más íntimos por mi compañera de asiento (además de por la naturaleza del poema, por las 3 líneas de introducción que mi chico había utilizado para invitarme a degustarlo y donde desvelaba el hallazgo casual en la red). El hecho fue que ambos quedamos conmovidos por las primeras líneas del texto, en las que se venía a afirmar que “el verdadero amor es un no ha llegado todavía”.

Fue alivio aunque no exento de pudor lo que sentí cuando ella se atrevió a pedirme la primera página al pasar yo a la segunda. Actué con naturalidad, sonriendo, y le presté la página, que afortunadamente para ella no había grapado. Desnudo, procuraba concentrarme en los versos de la segunda página tras marcar el autor la a veces confusa línea que delimita atracción física/pasión y “alto” amor, tras cuestionar la existencia de este “alto amor”, tras salvarlo después en la cotidianeidad compartida que hace resplandecer la presencia del amado... Esta fantasía que yo había ideado alguna vez se concretaba en mi compañera de trayecto, que debía haber quedado bastante conmovida como para atreverse a pedirme la página en mitad de la impersonalidad del metro. Valoré su atrevimiento a la vez que percibía el pudor en la temperatura de mi cuerpo y en las gotas de sudor que se condensaban en mi frente. Continuamos la lectura, y cuando ella dio por terminada la primera página me la devolvió y se unió a mí en la degustación de la segunda. Este instante de complicidad me devolvió mi capacidad de sorpresa ante la vida en mitad de mi experiencia madrileña. Al llegar a la estación de Goya, mi cómplice me dio las gracias, me regaló otra sonrisa y se marchó.

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